Vivimos tiempos convulsos. Tiempos difíciles y complejos donde la verdad se pervierte y se criminaliza el sentido común. Hoy la defensa de tu Nación, tu tierra y fronteras, del patrimonio material e inmaterial, del legado de tus padres y ancestros, de la cultura, la civilización occidental y una cosmovisión que se sustenta en principios, valores y tradiciones, representa una auténtica amenaza al orden establecido y más para el nuevo orden que se está configurando, como marco global totalitario que se impone sobre patrias, naciones y pueblos. Agendas globalistas diseñadas por grandes corporaciones y élites económicas que se implementan bajo el paraguas de colorines, arcoíris y los falsos consensos progres.

Aparentemente parecen querer defender un mundo libre y diverso, representado con distintos colores. Nada más lejos de la realidad. Su Agenda 2030 es totalitaria, no distingue ni respeta la idiosincrasia de las naciones ni sus democracias, soberanías y/o parlamentos nacionales. Como ocurre en la paleta del pintor, la mezcolanza de todos los colores de su “rosco globalista” da como resultado el color negro. Oscuridad, uniformidad y falta de libertades y soberanía. Lo que realmente defiende la diversidad, las distintas culturas e identidades son las fronteras. Aparentes buenos propósitos y brindis al sol, frente a los que en su enunciado, objetivamente, es difícil oponerse, pero que en su desarrollo, motivación última y letra pequeña pretenden fines mucho menos amables y filantrópicos.

Nos venden sus Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que desde nuestras posiciones vemos como auténticos “Objetivos de Demolición Social”. Demolición de las raíces y los pilares que sustentan las Naciones libres y soberanas: Familia, Religión, Patriotismo, Cultura, Historia, …

Un pueblo desarraigado, inculto y con miedo es el objetivo de los mercaderes globalistas. Algo amorfo, frágil, débil y manejable.

Y partiendo de esta premisa podemos comprender el fin último de las políticas actuales y el mensaje reiterado y machacón de los medios de comunicación –de desinformación y propaganda– bien engrasados y subvencionados, como esa gota malaya del llamado progresismo que acaba penetrando en las cabezas de los incautos. Todos con un discurso único basado en: fomento de la división y enfrentamiento de la sociedad, la creación artificial de problemas que no existen, potenciar la inmigración masiva y descontrolada como disolvente de culturas e identidades nacionales, desintegrar la sociedad con la “ideología de género”, amedrentar con catástrofes climáticas y pandemias, favorecer la inseguridad ciudadana, compadrear con movimientos separatistas que atacan permanentemente la unidad nacional y los principios de igualdad y solidaridad entre españoles….

La disidencia es criminalizada, no cabe la crítica ni la oposición. La censura es absoluta, y aún más perversa porque se disfraza de libertad y “consenso”, y provoca la autocensura de todos aquellos que no están dispuestos a ser excluidos y señalados como: “ultras”, “fascistas”, “extremistas”, “machistas”, “negacionistas”, “reaccionarios”, etc… Todas “palabras mordaza” con las que se pretende callar a cualquier persona que ose confrontar ideas y expresarse en libertad apartándose del dictado de lo “políticamente correcto”. Cualquiera puede ser señalado, invisibilizado, expedientado, despedido, cancelado o condenado a la muerte civil. Todo en nombre de su extraña idea de libertad y pluralismo. Por supuesto.

Y si esto falla, cuentan con otras herramientas que desde la Fiscalía o el Ministerio del Interior se impulsarán sin ningún decoro ni rigor ético o jurídico: la acusación por delito de odio, por ejemplo. Para poder enfrentarlos hay que conocerlos, reconocerlos y entender sus lógicas y los motivos últimos de su obrar. Son tiempos de permanecer en pie ante las ruinas, de “cabalgar el tigre”, de resistir. Esa es ahora nuestra posición y principal empresa.

Con el convencimiento de que estamos en lado correcto de la Historia. Y sus continuos ataques nos lo avalan.

David Arranz Ballesteros