El 18 de julio

18/07/2026

En ocasiones, romper el silencio o tocar una nota disonante, se convierte en exigencia ética, en un imperativo moral. Cuando se atenta gravemente contra la verdad, cuando se manipula un hecho histórico alterando su significación y su espíritu; cuando se injuria y desprecia a quienes ya no pueden defenderse, callarse implica replegarse cobardemente, con dimisión humillante de nuestro propio honor y dignidad.

Se cumplen hoy 90 años del alzamiento nacional del 18 de julio de 1936, una ocasión histórica que, por el tiempo transcurrido, debería ser contemplada con objetiva y ecuánime serenidad. Sin embargo, asistimos a una ofensiva mediática dirigida desde el gobierno y regada generosamente con dinero público, que busca convertir la efeméride en otro motivo de enfrentamiento entre los españoles, mediante la más abyecta manipulación.

Se nos presenta el 18 de julio como una fecha sombría, como un hecho infame y vergonzoso, como una  traición a la legalidad democrática por parte de  militares trasnochados decididos a aplastar al pueblo para sojuzgarlo, cuando no fue sino el estallido de la legítima rebeldía popular frente al proceso revolucionario del Frente Popular que, tras el fraude electoral de febrero de 1936, la ilegal destitución del Presidente de la República, la amnistía de los golpistas de 1934 y el asesinato del líder del Bloque nacional, había dinamitado cualquier ápice de legalidad democrática.

Ninguna mención a la putrefacción de una República derribada por sus vicios de origen, por la falsificación de su esencia, por la esterilidad de su representación social y política y por su radical empeño de sectarismo, desmembración y sometimiento a poderes extraños que operaron a extramuros de los intereses nacionales.

Ninguna mención a la brutal persecución religiosa que, iniciada en 1934 y acabaría con la vida de más de 10.000 religiosos por odio a la fe. Tampoco al terror desatado por el Frente Popular en las principales capitales españolas, en cuyas checas se torturaba y asesinaba a los disidentes desde la primavera de 1936. Ni una palabra sobre el sistemático plan de exterminio de clases y estirpes enteras diseñado por comisarios soviéticos y que tuvo en Paracuellos del Jarama su escenario más brutal y siniestro.

Sabemos por qué lo hacen. La mayoría de nuestros jóvenes quieren saber por sí mismos por qué lucharon y cayeron sus mayores, por qué veneraban sus banderas, por qué entonaban, orgullosos y emocionados, cánticos de amor y guerra y cómo fueron capaces de levantar una nación de sus cenizas con su esfuerzo y sacrificio. En definitiva, se resisten a tragarse una historia de buenos y malos en la que los que gritaban Viva Rusia estaban en el lado correcto de la historia, mientras los que clamaban Arriba España son descalificados como fascistas y pistoleros.

Yo no me resigno a que insulten la memoria de mis mayores. Porque el 18 de julio no fue un movimiento de clase, ni una conspiración de generales resentidos, sino el estallido de todo un pueblo contra el desorden, la injusticia, el asesinato y el terror que el marxismo estaba decidido a imponer por la fuerza. Las razones de 18 de julio fueron lícitas; no se combatió ninguna legalidad, porque la legalidad republicana había sido ya aplastada por el Frente Popular. Fue el reencuentro de España con su destino nacional, en tantas ocasiones malogrado, gracias a la heroica y ejemplar decisión de una parte del ejército dispuesta a impedir la desmembración de España y a la voluntad ardiente y revolucionaria de miles de jóvenes españoles, decididos a emprender un nuevo camino de superación tras el fracaso estrepitoso de la experiencia republicana.

De aquella fecha arrancó una etapa histórica que tuvo, como toda obra humana, errores y defectos, pero que ofrece en su conjunto un balance netamente positivo. La mayoría de los españoles, liberados de la tenebrosa sombra del marxismo, sintieron la alegría del reencuentro con una incitante tarea colectiva, donde se armonizó la libertad con la autoridad para preparar una vida democrática sin artificios y una convivencia civilizada en un marco sereno de diálogo y no en un plano de beligerancia y de disputa.  El orden social mejoró con el desarrollo económico y el impulso industrial fue uno de los más vigorosos y espectaculares que ha conocido el mundo occidental. España recuperó su impulso vital, su ambición histórica y su prestigio e independencia, ganándose la admiración y el respeto de la comunidad internacional que vio cómo, en apenas 30 años, se había convertido en la octava potencia industrial del mundo, con pleno empleo, cifras de crecimiento de dos cifras y un nivel de endeudamiento que llegó a situarse en el 7,2% del PIB en 1975 frente al actual 105%.

No es cierto que aquel régimen fuera guiado por la voluntad de perpetuar un enfrentamiento, sino por la esperanza de que pudieran integrarse las razones dolientes del alma partida de España en un común impulso de superación de pasadas y amargas diferencias; un proyecto que, en parte, acabaría frustrado por egoísmos inconfesables, mercaderes y arribistas de toda especie, pero que a la postre haría posible una transición pacífica, impensable cuarenta años atrás.

Resulta paradójica la crítica demoledora de aquel régimen, cuando el sistema actual no es capaz de ofrecer sino un panorama desolador en el que lo único que progresa es la crispación, la corrupción, la zafiedad, la disgregación, la desesperanza y la injusticia social y en el que sus propios defectos de origen han permitido que una banda de forajidos se apropie del poder pisoteando el estado de derecho, a cambio de vender a España en almoneda.

Es hora de que nos rebelemos contra quienes quieren reescribir nuestra historia con el propósito de enfrentarnos otra vez. Reivindico el mismo derecho a rendir homenaje a los vencedores de aquella contienda, que tienen los que se proclaman herederos de los vencidos. Perdamos de una vez el miedo a defender la verdad y reivindicar la nobleza del sacrificio de nuestros mayores. Quienes quieren arrancar del ser de España toda tradición y principio moral, todo rastro de hidalguía, han de saber que se van a encontrar de bruces con la trinchera moral de quienes no pensamos avergonzarnos ni arriar jamás las banderas de nuestros padres.

 

Luis Felipe Utrera-Molina

Abogado

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