La hora de los que permanecen en una España que cambia

03/05/2026

España no suele anunciar sus crisis con estruendo. Más bien las deja crecer despacio, como una grieta que avanza por la pared sin que nadie quiera mirarla demasiado. Y cuando por fin se hace evidente, la grieta ya se ha transformado en ruina. Así ha funcionado siempre.

Y ante esas grandes crisis, generaciones como la del 98 o la del 14, que creyeron ver un final, se esforzaron en salvar el alma de España desde los libros, desde la palabra, desde la inteligencia. Hoy la situación es distinta. No estamos ante una crisis que se pueda explicar ni corregir con discursos. Estamos ante un proceso más hondo, más silenciado e irreversible si no se actúa con urgencia. Asistimos al derrumbe acelerado de lo que somos como pueblo y como civilización.

Nuestra España cambia, pero no cambia como cambian las estaciones, ni como envejecen las cosas con el paso natural del tiempo. Cambia porque alguien decide que cambie. Porque se toman decisiones que, acumuladas, han alterado en apenas unos años el equilibrio social, cultural y demográfico de una nación que tardó siglos en construirse. Y todo ello sin ruido, sin consulta, sin esa mínima lealtad que consiste en decir la verdad a quienes van a soportar las consecuencias.

En este proceso de mutación, 2026 no será un año más, sino que será recordado como el momento en que se dio un paso decisivo, cuando la regularización masiva de cientos de miles de extranjeros consolidó un efecto llamada cuyas consecuencias marcarán el rumbo de España durante décadas.

Nada sucedido anteriormente es comparable. Durante siglos, incluso en los momentos más inciertos, España supo resistir o integrar sin dejar de ser. Las irrupciones externas fueron limitadas y absorbibles. Visigodos o árabes/bereberes no llegaron ni al 5% de la población hispana de su época, por citar dos de los casos más conocidos. Pero es que lo que sucede hoy no tiene ese ritmo ni esa lógica. Es vertiginoso, masivo y, sobre todo, dirigido. Además, hablamos de cantidades ingentes de personas, varones jóvenes en su inmensa mayoría, cuyo porcentaje crece exponencialmente cada año.

Hay quien empieza a describirlo como un etnocidio silencioso. Puede parecer un término excesivo, de esos que incomodan más por lo que sugieren que por lo que afirman. Pero lo cierto es que nunca antes se había producido un cambio de tal magnitud en tan poco tiempo.

Y no es solo España. Como si una misma corriente subterránea recorriera el continente, buena parte de Europa asiste a una transformación acelerada de su base social, cultural e histórica. Ciudades que ya no se reconocen, barrios que han cambiado de rostro sin transición, países que empiezan a parecerse más a un lugar de paso que a una continuidad. Todo ocurre sin pausa, como si la historia y la tradición se hubieran roto.

Mientras tanto, las élites observan. O callan. O colaboran. Como en otros momentos de la historia, como sucedió en la invasión francesa del siglo XIX en los que, ante la incertidumbre, muchos poderosos optaron por acomodarse mientras el país real quedaba a la intemperie. Hoy no hay uniformes extranjeros ni ejércitos visibles, pero sí la renuncia de quienes deberían custodiar la continuidad de la nación y han decidido dejar de hacerlo.

Por eso, lo que define este tiempo no es solo el cambio, es la orfandad ante la falta de dirigentes que asuman su deber. Y cuando todo eso falla, cuando se vacían los lugares donde antes estaba el rumbo, la historia siempre recurre al mismo actor desesperado: el pueblo. Y es aquí donde nace lo que un día se conocerá como la Generación del 26.

La Generación del 26 no será una generación de salones ni de manifiestos. No tendrá academias ni buscará reconocimiento. Será, si acaso, la de quienes permanecen. La de quienes, sin proclamarlo, entienden que hay cosas que no se pueden entregar sin más, como la forma de vida, la identidad y la continuidad de lo heredado.

No es una cuestión de nostalgia. Nadie puede vivir de lo que fue. Pero tampoco puede vivir quien renuncia a lo que es. Se trata de decidir si lo que hemos recibido merece ser conservado. Porque el verdadero problema de España no es que cambie. Es que cambia sin que los españoles puedan decidir cómo ni hasta dónde.

No se recordará a quienes se limitaron a palabras vacías o a mirar para otro lado. Se recordará, como siempre, a quienes entendieron que hay momentos en los que permanecer es una forma de resistencia. Ahí es donde la Generación del 26 pasará a la historia, porque España no desaparecerá por lo que venga de fuera. Desaparecerá, si ocurre, porque desde dentro hubo quienes dejaron de defenderla.

Ignacio Temiño

Otras categorias

  • Patronato Ejecutivo

  • Patronato de Honor

  • Observatorio de la Nación

  • Nuestra España

  • Jornadas de educación

  • Fundación DENAES

  • Equipo DENAES

  • Editorial

  • DENAES en los medios

  • Consejo Asesor

  • Comunicados DENAES

  • Artículos

  • Amigos de la Nación

  • Agenda

  • Actualidad

Publicaciones relacionadas

  • ¿Una nueva Marcha Verde sobre Ceuta y Melilla? El peligro del artículo de Michael Rubin

    03/05/2026

  • Observatorio de la nación: “Literatura valenciana y tradición española: del catalanismo oficial a la memoria silenciada”

    03/05/2026

  • Las autoridades independientes dependientes del Gobierno

    03/05/2026