Cuando la corrupción deja de escandalizar

15/07/2026

Hay un momento especialmente peligroso en la vida de los pueblos. Y no es cuando aparece la corrupción, ni tampoco cuando las instituciones comienzan a deteriorarse o cuando el poder se acostumbra a confundirse con el interés particular. Todo eso ha sucedido antes en muchas naciones y, con mayor o menor fortuna, casi todas han logrado sobrevivir. El verdadero punto de inflexión llega cuando la corrupción deja de provocar escándalo porque, simplemente, deja de sorprender.

España parece haberse instalado en ese territorio extraño donde un nuevo caso apenas desplaza durante unas horas al anterior. La actualidad se ha convertido en una interminable cinta transportadora de revelaciones, audios, informes, investigaciones y titulares que pasan ante nuestros ojos con la misma rapidez con la que desaparecen. Nada permanece el tiempo suficiente para provocar una reacción moral. Todo acaba reducido a una sucesión de episodios que se consumen con la misma velocidad con la que las redes sociales reclaman el siguiente. Quizá el mayor triunfo de la corrupción no consista en ocultarse, sino en hacerse cotidiana.

Hay algo profundamente inquietante en una sociedad que termina acostumbrándose a aquello que debería resultarle insoportable. Como el vecino que deja de escuchar el ruido constante del tren porque lleva demasiados años viviendo junto a las vías, también muchos españoles han aprendido a convivir con el estruendo permanente del descrédito institucional. Y cuando uno se acostumbra al ruido, deja de indignarse por su origen.

Durante mucho tiempo se creía que la corrupción derribaba gobiernos. Hoy parece ocurrir exactamente lo contrario. Los gobiernos sobreviven porque una parte de la sociedad ha dejado de considerar la corrupción un criterio decisivo para juzgar a quienes la gobiernan. El voto ya no responde tanto a principios como a identidades. Ya no se trata de evaluar conductas, sino de proteger banderas.

La política ha dejado de ser, para muchos, un ejercicio de deliberación para convertirse en una pertenencia emocional. Los hechos importan menos que el equipo al que uno decide apoyar. Si el escándalo afecta a los nuestros, siempre habrá una explicación. Si afecta a los otros, será la prueba definitiva de su indignidad. Esto es puro sectarismo.

En este punto, no creo que debamos atribuir toda la responsabilidad a los medios de comunicación. Influyen, sin duda. Las redes sociales también. Vivimos sometidos a una velocidad incompatible con la reflexión y a un exceso de información que acaba produciendo el efecto contrario al deseado. Pero sería demasiado cómodo culpar únicamente al ecosistema mediático.

Las sociedades también son responsables de aquello que toleran. Tocqueville ya dijo que el verdadero enemigo de la libertad en una democracia no solo es la tiranía, sino la apatía de los propios ciudadanos que entregan su soberanía a cambio de tranquilidad doméstica. Cuando eso sucede, los ciudadanos pasan a ser simples espectadores de su deterioro. Observan, comentan, se indignan durante unas horas y después continúan con su vida mientras esperan el siguiente episodio.

Supongo que para muchos la resignación siempre resulta más cómoda que el compromiso. Por eso, el verdadero problema de España no es la corrupción, sino la pérdida del sentido moral que debería acompañar a la vida pública. Porque una nación puede recuperarse de un mal gobierno o de una grave crisis económica. Pero lo que resulta mucho más difícil es reconstruir una comunidad que ha dejado de distinguir entre lo aceptable y lo inaceptable.

Quizá por eso la pregunta más importante ahora ya no es cuánto tiempo puede resistir un gobierno cercado por los escándalos. La verdadera pregunta es otra: ¿Qué le ocurre a un país cuando la corrupción deja de escandalizar?

Ignacio Temiño

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