(Des-)honeste vivere
01/06/2026

La historia recordará la etapa del sanchismo en el Gobierno como aquella en la que imperó la más desagradable deshonestidad en nuestra querida España.
La ya tristemente famosa “banda del Peugeot” llegó al poder al estilo de la pandilla del Torete, en las icónicas películas de “cine quinqui” de los años 80. Una vez en el mismo se dedicó de manera inclemente a corromper y prostituir las Administraciones Públicas, como un vulgar Calígula, con enloquecido afán de lucro personal en forma de joyas, cátedras o viajes en Falcon. Mientras se mantenía en el Gobierno de manera apática, en modo sauna, es decir sin ningún programa político, legislativo o presupuestario, sostenido débilmente por una mayoría parlamentaria de resentidos hispanófobos.
En paralelo, asistíamos todos los españolitos de a pie, al horrendo espectáculo de ver desfilar delante de jueces y policías a quienes fueran, hasta ese momento, representantes de las más altas instancias del país, o a sus familiares, por casposos asuntos de corrupción, con el consiguiente desprestigio de nuestras Instituciones más sagradas. Ni el “Maquinavaja” hubiera caído en semejante lodo o podredumbre moral. Nada que no sepan.
Hablo en pasado, aunque se supone que nos queda lo peor por llegar; el desalojo de la Moncloa de unos okupas muy crecidos y violentos, dispuestos a todo incluido morir matando. Dicho sea todo, en sentido metafórico, por supuesto.
Pero, si me permiten quiero hablar de futuro, es decir, que es lo que deberíamos hacer cuando superemos esta pesadilla y se pueda reiniciar de nuevo España. Modestamente pienso que deberíamos tirar del consejo de los clásicos sabios, y en concreto les voy a a presentar, para quien no lo conozca, a uno de los más grandes jurisconsultos de la historia del Derecho Romano: Domicio Ulpiano.
Fue el primer jurista que en un alarde de abstracción formuló los primeros principios generales del Derecho para todo sistema jurídico político, que entiendo están plenamente vigentes; los tria iuris praecepta «Los preceptos del derecho son: vivir honestamente, no dañar a nadie y dar a cada uno lo que es suyo» (Iuris praecepta sunt haec: honeste vivere, suum cuique tribuere, alterum non laedere, Digesto1.1.10.1).
Efectivamente, en primer lugar “dar a cada uno lo suyo” (suum cuique tribuere) que es una proclamación muy gráfica del Estado de Derecho, tan arrasado en estos tristes tiempos de abuso de poder y arbitrariedad.
A continuación, en segundo lugar, “no dañar a nadie” (alterum non laedere), que lo reconduzco, a que ningún ciudadano se sienta tirado injustamente en su país, por el obsceno deterioro de los servicios públicos, y el progresivo menoscabo de las condiciones laborales que imposibilita acceder a un salario digno para satisfacer las necesidades básicas.
Finalmente me detendré un poco más en el primero de los tria iuris praecepta que intitula el presente artículo, más importante que nunca: vida honesta (honeste vivere) que resultaría un precepto especialmente referido a los gobernantes.
Miren ustedes, pienso que a lo largo de la vida de un ser humano son variadas las virtudes que admiramos de nuestros semejantes; inteligencia, belleza, carisma, valentía, sabiduría, vitalidad, etc. En mi caso, a estas alturas de edad madura, lo que más admiro por encima de cualquier otra virtud es la bonhomía; lo que se llama comúnmente, ser buena gente.
Son muy pocos los humanos que merecen este calificativo. Son especiales. Se preocupan por los demás con abnegación altruista, dan todo lo que tienen con infinita generosidad, tienen una coherencia matemática en sus planteamientos morales, y, en definitiva, son pilares sobre los que se construye una sólida civilización. Esta, debería ser la condición necesaria para el ejercicio de la vida pública y luego, añadido a la misma, las que ustedes quieran, si queremos que el sistema político se regenere del fango en el que estamos metidos hasta el cuello. Sin este requisito cualquier ley o marco jurídico que se quiera plantear como límites al nepotismo o corrupción, estos canallas sin escrúpulos lo vadearán por cualquier rendija y hasta la próxima.
En cualquier caso, ser buena gente y ejercer la política es un binomio que en muchas ocasiones ha sido incompatible o profesión de alto riesgo. Así volviendo al bueno de Ulpiano les cuento como terminó.
Domicio Ulpiano, tuvo infinitos reconocimientos como jurista en su época, pero quiso dar un paso más y su error fue formar parte de la burocracia imperial del mismísimo Emperador de entonces, Alejandro Severo, alcanzando el cargo de Prefecto del Pretorio, algo similar a un Ministro de Justicia del Imperio Romano. Propuso ser justo, honeste vivere. Y en este punto los soldados pretorianos no vieron con buenos ojos que el jurista limitara sus prebendas, por lo que lo degollaron delante del propio emperador, que no movió un dedo. Corría el siglo III D.C.
Ninguna duda cabe que, si surgiera un hombre honrado delante del Presidente Pedro Sánchez, correría similar suerte adaptada al Siglo XXI. Esperemos que el futuro nos depare un Presidente que no se rodee de gentuza y que los Ulpianos de turno puedan ponerse en valor y acometer las necesarias reformas que precisa España, y vivir para contarlo. No hay otro camino.
Alberto Serrano Patiño.


