Los hombres de verde ya no visten de verde
04/09/2026
En febrero de 2014 aparecieron en Crimea unos individuos armados que vestían uniformes militares, pero no llevaban bandera, insignia ni identificación alguna. Tomaron aeropuertos, bloquearon instalaciones militares y ocuparon puntos estratégicos. Todo el mundo podía intuir quién estaba detrás, pero durante un tiempo nadie podía demostrarlo.
Se les llamó entonces “hombres de verde”, fuerzas rusas sin distintivos que terminarían convirtiéndose en el símbolo más conocido de la guerra híbrida.
La genialidad perversa de aquella operación estuvo en la ambigüedad. Rusia conseguía actuar sobre el terreno mientras dificultaba una respuesta inmediata. Había soldados, pero oficialmente no había soldados. Había una operación organizada, pero podía presentarse como un fenómeno interno, una revuelta organizada por los propios habitantes prorrusos de Crimea. Era evidente que la confusión formaba parte del arma.
Han pasado ya doce años y sería absurdo esperar que una nueva operación híbrida reprodujera exactamente la anterior. Los nuevos hombres de verde no tienen por qué vestir de verde. Ni siquiera tienen por qué llevar un fusil. Pueden ser simplemente grupos dentro de una multitud de civiles. Y esa precisamente lo que España debe plantearse en relación a lo que sucede en Ceuta.
No me refiero a todos los que atravesaron la frontera. Muchos regresaron posteriormente a Marruecos y otros tratarían simplemente de aprovechar el desbordamiento para entrar en España. Me refiero a quienes se han quedado. Son miles y ni siquiera existe un recuento claro que permita determinar con exactitud cuántos permanecen en territorio español. Después de una entrada masiva y descontrolada, España tiene por tanto un problema que va mucho más allá de la inmigración: saber exactamente quién ha entrado, quién permanece dentro y con qué propósito.
Marruecos puede fácilmente haber infiltrado soldados o agentes entre quienes permanecen en Ceuta para pastorear desórdenes, emboscadas al Ejército o ataques a instalaciones estratégicas. Una entrada masiva proporciona el camuflaje perfecto para introducir a personas con órdenes de provocar el caos y elevar la escalada. Una multitud conducida hacia una frontera puede convertirse fácilmente en el equivalente contemporáneo de aquellos uniformes sin insignias. Miles de personas aparentemente indistinguibles entre las que unos cuantos individuos instruidos pueden pasar completamente inadvertidos. Personas dirigidas hacia una frontera, utilizadas como instrumento de presión y convertidas, conscientemente o no, en cobertura de una operación mucho mayor. La inmensa mayoría ni siquiera necesita conocer el propósito de quien mueve las piezas, y esa es precisamente la ventaja. Quien busca simplemente entrar en España proporciona la cobertura humana perfecta para el agitador, el delincuente instruido, el colaborador de inteligencia o el soldado sin uniforme que pretenda entrar con una misión diferente.
Los hombres de verde de Crimea necesitaban armas porque tenían que tomar edificios, aeropuertos y posiciones militares. En una estrategia destinada a desestabilizar una ciudad quizá ni siquiera es necesario hacerlo. El objetivo puede consistir en mantener una situación de inseguridad, tensionar los servicios públicos, hostigar a las tropas españolas, obligar al Estado a dedicar cada vez más recursos, provocar miedo entre la población local para expulsarla y transmitir la imagen de que España no controla plenamente lo que sucede dentro de sus propias fronteras. Para esto, una masa descontrolada y unos pocos individuos capaces de conducirla pueden convertirse en un instrumento extraordinariamente eficaz.
Y todo esto sucede frente a Marruecos. No frente a un país indiferente respecto a nuestro territorio, sino frente a uno cuyos ministros están reivindicando Ceuta y Melilla. La guerra híbrida consiste precisamente en combinar instrumentos distintos, mantener borrosa la autoría y explotar las debilidades del adversario mientras se evita cruzar claramente el umbral que provocaría una respuesta convencional.
Crimea y Ceuta no son lo mismo. Tampoco necesitan serlo para que la lección resulte evidente. En Crimea, los hombres de verdes eran soldados que se quitaron las insignias para ocultar quién los enviaba. Por el contrario, entre las miles de personas que permanecen en Ceuta después de invasión pueden esconderse quienes no necesitan uniforme ni armas porque su mejor camuflaje consiste precisamente en parecer uno más. Agitadores, criminales instruidos para sembrar el caos, agentes de inteligencia o soldados sin uniforme pueden confundirse con facilidad en una masa que el propio Gobierno de Sánchez reconoce no ser capaz de cuantificar con precisión.
España tiene que saber quiénes son los que se han quedado. No dentro de seis meses, cuando puedan haberse dispersado, organizado o establecido redes, sino ya. Un Estado que desconoce quién permanece dentro de su territorio después de una entrada masiva no está ejerciendo una de sus funciones más elementales, que es la de controlar sus fronteras y proteger su seguridad. Evidentemente, el objetivo final y prioritario debe ser expulsarlos de nuestro país.
Los próximos hombres de verde quizá no vistan de verde, no lleven un fusil y ni siquiera parezcan soldados. Quizá hayan aprendido que el mejor uniforme es la ropa de calle y las chanclas, que la mejor insignia es ninguna y que el mejor ejército para ocultarse es una multitud de miles de personas pastoreadas hacia una frontera.
Ignacio Temiño




