Ceuta o el eterno retorno de España
28/07/2026

«Quien no conoce su historia está condenado a repetirla». La frase, atribuida popularmente a George Santayana, ha terminado convirtiéndose en una de las mayores paradojas de España. Pocos países poseen un pasado tan estudiado y, al mismo tiempo, parecen extraer tan pocas enseñanzas de él.
Hay pueblos que convierten sus derrotas en el punto de partida de su recuperación. España, por el contrario, da con demasiada frecuencia la impresión de recorrer una y otra vez el mismo camino.
Cambian los siglos, las ideologías y los protagonistas, pero permanece un mismo patrón de conducta. Una clase dirigente incapaz de anteponer el interés nacional al beneficio inmediato, una sociedad resignada mientras el deterioro avanza lentamente y una reacción colectiva tan intensa como tardía cuando el daño resulta ya difícilmente reversible.
Claudio Sánchez-Albornoz defendía que la historia de España era la historia de una permanente voluntad de continuidad frente a innumerables amenazas. Esa continuidad no fue fruto del azar. Requirió generaciones enteras capaces de comprender que la nación era una empresa histórica superior a cualquier interés particular. Sin embargo, también advertía que España había sufrido reiteradamente el peso de sus divisiones internas y de unas élites más preocupadas por imponerse entre sí que por fortalecer el conjunto.
Ese fenómeno aparece ya en uno de los episodios más trascendentales de nuestra historia. La caída del reino visigodo no puede explicarse únicamente por la fuerza de la invasión musulmana. Las luchas sucesorias, las rivalidades entre facciones y la descomposición de la autoridad política habían debilitado profundamente el reino antes de que el enemigo cruzara el Estrecho. La derrota militar fue, en buena medida, la consecuencia de una derrota política previa.
Aquel episodio no fue una excepción. Fue el primero de una larga sucesión de crisis donde el enemigo exterior encontró una nación debilitada por sus propias fracturas.
Las guerras civiles del siglo XIX ofrecen otro ejemplo elocuente. Mientras las grandes potencias europeas consolidaban sus Estados, desarrollaban su industria y construían administraciones modernas, España consumía enormes recursos enfrentándose consigo misma. Pronunciamientos, revoluciones, insurrecciones y guerras fratricidas impidieron durante décadas la estabilidad necesaria para afrontar los grandes desafíos nacionales.
Menéndez Pelayo observó que los pueblos no sobreviven únicamente gracias a sus recursos materiales, sino por la fortaleza de la conciencia histórica que los mantiene unidos. Cuando esa conciencia se erosiona, la nación empieza a fragmentarse mucho antes de que aparezcan las primeras derrotas visibles.
Ortega y Gasset desarrolló esa misma idea en España invertebrada. Una nación comienza a deshacerse cuando las minorías dirigentes dejan de ejercer su función rectora y sustituyen el servicio al interés general por la defensa de intereses particulares. Entonces la vida pública deja de estar presidida por un proyecto común y pasa a convertirse en una suma de grupos que únicamente persiguen ventajas para sí mismos.
Resulta difícil no reconocer ecos de esas advertencias en la España contemporánea.
La degradación institucional no suele producirse mediante acontecimientos espectaculares. Avanza lentamente. Cada concesión parece aislada. Cada renuncia se presenta como una necesidad coyuntural. Cada utilización partidista de las instituciones se justifica como una excepción. Sin embargo, cuando esas excepciones se acumulan durante años terminan alterando profundamente el funcionamiento del Estado.
Julián Marías advertía que una nación no puede entenderse únicamente como un territorio o una administración. Es, sobre todo, un proyecto histórico compartido entre generaciones. Cuando la política pierde esa perspectiva temporal y queda reducida al cálculo electoral inmediato, el Estado deja de actuar pensando en el futuro para limitarse a administrar el presente.
Ese cortoplacismo constituye probablemente uno de los mayores problemas de la España actual. Demasiadas decisiones parecen responder exclusivamente a la supervivencia política de quienes gobiernan. Las instituciones dejan de concebirse como patrimonio común para convertirse en herramientas al servicio de intereses partidistas. La autoridad del Estado se debilita precisamente allí donde debería manifestarse con mayor claridad.
Gustavo Bueno insistía en que la Nación política no puede subsistir sin un Estado fuerte capaz de ejercer efectivamente su soberanía. La soberanía no consiste únicamente en proclamar derechos sobre un territorio, sino en demostrar cotidianamente la voluntad de protegerlo, administrarlo y defenderlo frente a cualquier amenaza.
Y es precisamente ahí donde Ceuta adquiere un significado que trasciende con mucho sus escasos diecinueve kilómetros cuadrados.
Ceuta no representa un problema local. Representa una cuestión nacional. Durante décadas, la ciudad ha contemplado cómo se acumulaban decisiones improvisadas, renuncias estratégicas y políticas incapaces de afrontar los problemas estructurales que afectan a su futuro. El progresivo deterioro de su modelo económico, la presión migratoria permanente, la dependencia creciente del sector público, la pérdida de competitividad derivada del cierre del comercio atípico y la constante utilización de la ciudad como elemento de presión geopolítica constituyen fenómenos que no aparecieron de un día para otro. Son el resultado de años de ausencia de una estrategia nacional coherente.
Lo más preocupante no es únicamente la existencia de esos problemas, sino la normalidad con la que se aceptan. España parece haber asumido que Ceuta debe vivir en una situación permanente de excepcionalidad, reaccionando únicamente cuando una crisis migratoria, un episodio diplomático o un acontecimiento especialmente grave obligan a mirar durante unos días hacia el Estrecho.
Después todo vuelve a empezar. La atención desaparece. Las promesas se diluyen. Los planes quedan olvidados. Y la ciudad continúa soportando una presión constante mientras el resto del país vuelve a mirar hacia otro lado.
Ceuta constituye hoy el espejo donde puede contemplarse buena parte de las debilidades acumuladas por el Estado español. Una frontera sometida a desafíos permanentes. Una economía que necesita un proyecto de futuro. Una posición geoestratégica extraordinaria cuya importancia parece comprenderse únicamente cuando estalla una crisis.
La historia demuestra que las naciones no suelen desaparecer de forma repentina. Se desgastan lentamente mediante pequeñas renuncias que, consideradas aisladamente, parecen insignificantes. Cada generación cree que todavía habrá tiempo para corregir los errores heredados. Pero llega un momento en que la acumulación de esas renuncias termina alterando profundamente el rumbo de un país.
España sigue siendo una gran nación. Lo demuestra la fortaleza de su historia, de su cultura y de una sociedad que, cuando ha sido consciente de los desafíos que afrontaba, ha sabido protagonizar algunas de las páginas más extraordinarias de Europa.
La verdadera cuestión no es si España posee capacidad para revertir su decadencia. La historia demuestra que la tiene.
La cuestión es si esta vez aprenderemos la lección antes de que Ceuta deje de ser una advertencia para convertirse, una vez más, en el prólogo de un fracaso que pudo haberse evitado.
Juan Sergio Redondo Pacheco




