Europa: manual práctico de dependencia y harakiri industrial

23/07/2026

Bruselas lleva años vendiéndonos la moto de la “autonomía estratégica” y la “soberanía industrial”, amén de la alabada “transición verde”, pero la realidad es más prosaica y bastante más humillante. Europa sigue haciendo de comparsa en la obra maestra de su propia dependencia. Mientras nuestros diligentes burócratas multiplican los reglamentos como los panes y los peces, el resto del mundo fabrica, invierte y domina los mercados. En la carrera de las baterías, que es hoy el corazón del automóvil, la Unión Europea no solo llega tarde, llega con el freno echado y las ruedas pinchadas.

La farsa podría llegar a ser cómica si no nos resultara tan cara. China multiplica por siete la venta de baterías a Europa y lo hace justo cuando la UE presume de querer recuperar su soberanía industrial, una soberanía que, al parecer, consiste en comprar al rival el componente más decisivo del coche eléctrico. Y para darle al sainete un toque más valenciano, Volkswagen prepara en Sagunto su gran apuesta industrial mientras el mercado europeo sigue inundado por baterías chinas que entran casi sin despeinarse. O sea, ponemos la alfombra roja al proveedor externo y luego nos hacemos fotos delante de la fábrica como si hubiéramos conquistado el futuro.

El autoengaño verde europeo ha confundido la política industrial con una misa ecologista de domingo, al estilo de las comuniones civiles tan de moda entre los progres. Hemos convertido la competitividad en un apéndice molesto, con la energía a precios de Louis Vuitton y la producción en una actividad delictiva, como si fabricar fuese un pecado y reglamentar la mayor de las virtudes del viejo continente. Mientras tanto, China no predica, produce, subvenciona, conquista mercados como el único productor que es, y cuando llega a Europa, aplasta al sector con la ventaja de quien ha entendido que la soberanía no se declama, se construye.

Y ahí está el gran chiste de la Comisión, se nos llena la boca con la independencia estratégica mientras el corazón del vehículo eléctrico depende de las baterías, las materias primas y el procesado chino. Después nos escandalizamos porque el coche europeo pierde margen, o porque el futuro del sector parece el de un centro de ensamblaje de lujo dirigido por el mando a distancia asiático. No es una sorpresa, es la consecuencia lógica de haber entregado la industria al altar de la ideología Woke, mientras la deuda no para de crecer como un bebé de teta. No hace falta decir de quien es la ubre que exprimen con el ansia desmedida de la recaudación, que es el único milagro que Bruselas sigue considerando renovable.

La gigafactoría de Volkswagen en Sagunto debería ser un símbolo de reacción, pero en realidad es el espejo de nuestro retraso. Se levanta una planta para fabricar baterías en España mientras el mercado europeo sigue recibiendo una avalancha de baterías chinas, más baratas, más abundantes y mejor subvencionadas por su país de origen. Es la paradoja perfecta, queremos autonomía, pero seguimos dependiendo del proveedor que mejor ha entendido el negocio y de una Europa que legisla más de lo que impulsa.

Y lo peor es que Bruselas cree que eso se resuelve con otra ronda de documentos, planes, objetivos y fondos. Ya conocemos la estructura de la tragedia ateniense, más deuda, más promesas y más discursos sobre el “liderazgo europeo”, mientras los chinos no paran de fabricar como lo que son, como chinos. La UE ha convertido la política industrial en una feria de buenas intenciones y el resultado es el de siempre, menos músculo productivo, más dependencia y más impotencia frente a China.

La indolencia europea no es neutral, es autodestructiva. Cada batería que importamos en exceso, cada planta que no consolidamos, cada cadena de valor que dejamos en manos ajenas es empleo perdido, inversión desplazada y soberanía regalaba a nuestros competidores mundiales. Luego vendrán los lamentos y el rechinar de dientes. Acompañados sin duda por estudios de competitividad, informes alarmantes y los discursos solemnes sobre la necesidad de “hacer algo”, que en Bruselas suele significar llegar tarde, gastar más y endeudar a nuestros bisnietos.

Si Europa quiere sobrevivir como potencia industrial, tiene que dejar de hacer el ridículo. Necesita baterías propias, energía competitiva, protección inteligente y una política industrial que no humille a sus fabricantes en nombre de una utopía burocrática. Si no lo hace, seguirá siendo exactamente lo que ya es, una fábrica de normativas. Mientras nos convertimos en el fiel y cautivo cliente de China, quien sí entendió que el futuro no se mendiga, se conquista cobrando por adelantado el futuro.

Raúl Morales del Piñal de Castilla

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