La Toma de Granada y la definición histórica de Occidente

02/01/2026

El 2 de enero de 1492 no fue únicamente el desenlace de un conflicto peninsular. La Toma de Granada y el fin de la Reconquista clausuraron una de las fronteras constitutivas de Europa, aquella en la que durante siglos se dirimió la pertenencia cultural, religiosa y política del Occidente cristiano. Entender Granada solo como un episodio español empobrece su alcance histórico: fue, en realidad, un hito europeo.

Para el catolicismo político hispano, representado de forma especialmente militante por el pensamiento tradicionalista español, la Reconquista no se entiende como una suma de guerras inconexas, sino como una empresa orgánica, sostenida en la continuidad histórica y en una idea fuerte de comunidad.

Juan Vázquez de Mella formuló esa lectura con su conocido énfasis en la dimensión espiritual y civilizatoria: la Reconquista como “cruzada de Occidente”, una campaña prolongada en la que la Iglesia, los monasterios y las comunidades políticas habrían actuado como matriz de resistencia y de reconstrucción social. En esta clave, Granada opera como sello final: no solo una victoria, sino la culminación de un arco histórico que define una manera de concebir lo político.

Esa interpretación se robusteció a lo largo del siglo XX, con las aportaciones de otros autores tradicionalistas y socialcatólicos que buscaron articular una doctrina del Estado y de la nación anclada en la historia. Víctor Pradera, por ejemplo, proyectó su ideal del “Estado histórico” sobre el paradigma de los Reyes Católicos, invocando la unidad y la confesionalidad como elementos estructurales del orden político tradicional. Y Ramiro de Maeztu, en clave de “Hispanidad”, insistió en la dimensión universal de la tradición católica hispánica, conectando misión histórica, cultura política y proyección exterior; su obra fue leída durante décadas como una de las síntesis más influyentes del pensamiento contrarrevolucionario español. Sin necesidad de reducirlos a un único molde, comparten un punto decisivo: Granada se interpreta como cierre de una frontera y, por tanto, como condición para una nueva fase histórica.

Ahora bien, esa lectura no se agota en lo nacional. Autores europeos de sensibilidad católica y afines a una comprensión “civilizacional” de Europa situaron la Península como frente occidental de la Cristiandad. El ensayista anglo-francés Hilaire Belloc lo expresó sin ambages al presentar la Reconquista como parte del esfuerzo europeo decisivo, no como una anécdota periférica: lo ibérico como capítulo central de la defensa cultural de Occidente. En una línea más historiográfica, Christopher Dawson —frecuentemente reivindicado en círculos católicos por su interpretación de Europa como producto histórico de la Cristiandad— ofrece el marco para comprender por qué 1492 se convierte en fecha bisagra: el cierre de un largo ciclo fronterizo coincide con la apertura de otro.

Y esa bisagra tiene un valor añadido: apenas concluida la empresa granadina, se abre el horizonte atlántico. La restauración interna precede a la proyección externa. No es casual que, para esta tradición interpretativa, Granada no sea solo “fin” sino también punto de partida: la consolidación de un orden político-cultural habilita una capacidad de presencia y de influencia más allá de la Península.

En el debate contemporáneo, la efeméride se ha vuelto objeto de disputa. Pero incluso cuando se la discute —y quizá precisamente por ello— conviene recordar algo básico: las identidades políticas no nacen en abstracto. Europa no es únicamente un arreglo institucional moderno; es también la sedimentación de experiencias históricas, de fronteras, de crisis y de síntesis. La Toma de Granada, leída en clave europea, representa el cierre de una frontera que contribuyó a definir qué entendía Occidente por sí mismo.

Hoy, cuando el discurso político tiende a diluir los hitos históricos en lecturas disgregadas o presentistas, Granada ofrece una lección para algunos incómoda pero, a su vez, imprescindible: la construcción de una identidad común —europea y occidental— ha estado ligada a decisiones históricas concretas, a tensiones reales y a un sentido compartido de continuidad. Reconocer esa densidad no exige caer en nostalgia ni en simplificaciones; exige, simplemente, tomar en serio que 1492 no fue solo una fecha española. Fue una fecha europea.

Juan Sergio Redondo Pacheco

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