De ministra silenciosa a oportunista en Tinduf
18/01/2026

El espectáculo que Irene Montero está montando en los campamentos de Tinduf resulta grotesco y profundamente cínico. Se presenta como la gran defensora del pueblo saharaui. Denuncia con vehemencia la ocupación marroquí. Advierte del supuesto peligro expansionista sobre Canarias. Todo ello con la misma intensidad teatral que caracterizó su etapa en el Gobierno. Sin embargo, esta conversión repentina llega con varios años de retraso y huele a oportunismo electoral descarado.
Durante su mandato como ministra de Igualdad entre 2020 y 2023 tuvo en sus manos poder real para influir en la política exterior española respecto al Sáhara Occidental.
No era una activista marginal sin influencia. Formaba parte del Consejo de Ministros. Contaba con acceso directo a las decisiones, con recursos institucionales y con la capacidad de condicionar la permanencia de la coalición. Cuando Pedro Sánchez ejecutó su giro histórico en marzo de 2022 y avaló el plan de autonomía marroquí como «la base más seria, realista y creíble» para resolver el conflicto, traicionando la posición tradicional de España a favor de la autodeterminación, Montero guardó un silencio sepulcral. No hubo una sola declaración pública de reproche. No hubo dimisión. No hubo ultimátum interno. No hubo intento de forzar una crisis en el Gobierno para defender la causa saharaui. Simplemente aceptó el cambio de rumbo y se quedó en su sillón.
Ese silencio no fue pasivo. Fue cómplice. Mientras Rabat desplegaba su chantaje migratorio masivo en Ceuta en mayo de 2021 y mientras se filtraban informaciones sobre el espionaje con Pegasus contra el propio Sánchez y otros miembros del Ejecutivo, Montero permaneció callada. No condicionó su apoyo a ninguna medida concreta en defensa de la soberanía española ni de los derechos saharauis. Prefirió proteger su cargo y su imagen de ministra “combativa” en temas domésticos antes que arriesgar algo por una causa que, según dice ahora, le apasiona.
Hoy, fuera del poder y con su trayectoria política en claro declive tras el batacazo electoral de Podemos, reaparece en Tinduf con la bandera saharaui como nuevo salvavidas. Compara el conflicto con Palestina en publicaciones simplistas. Posiciona fotos y vídeos que buscan viralidad. Instrumentaliza el sufrimiento de generaciones enteras de refugiados saharauis para intentar reflotar su figura pública. Es el clásico oportunismo de quien usa el dolor ajeno como trampolín personal. Los saharauis no son un decorado para relanzar carreras hundidas. No necesitan más postureo ideológico ni farsantes de última hora que aparecen cuando ya no hay riesgo ni costo político.
Lo que el Sáhara Occidental exige de verdad es acción diplomática seria y consecuente. España debería impulsar con determinación un referéndum de autodeterminación vinculante bajo supervisión de Naciones Unidas. Debería denunciar en los foros europeos el chantaje migratorio y el espionaje apoyado de amenazas híbridas que atentan contra la soberanía de un Estado miembro. Debería defender sin complejos ni cesiones su soberanía atlántica sobre Canarias frente a cualquier pretensión expansionista marroquí. Nada de eso ocurrió mientras Montero estuvo en el Gobierno. Nada de eso defiende ahora con propuestas concretas. Solo hay retórica vacía y fotos calculadas.
Montero tuvo la oportunidad histórica de ser una aliada con poder real y la desperdició por completo. Habla como rebelde indignada, pero actuó como cortesana sumisa del poder cuando importaba. Su paso por el Ejecutivo no dejó ningún legado positivo para el pueblo saharaui. Solo discursos grandilocuentes, alguna foto simbólica y promesas que se evaporaron en cuanto llegó el momento de pagar un precio. Ella les traicionó más que nadie con su silencio activo y su cobardía calculada.
Ya está bien de hipócritas oportunistas que convierten causas justas en combustible para su ego. Haga un favor genuino a la causa saharaui, señora Montero. Salga de Tinduf. Deje de instrumentalizar su dolor. Y reconozca de una vez que, cuando tuvo la posibilidad real de cambiar algo, prefirió mirar para otro lado. El Sáhara merece líderes comprometidos de verdad, no espectáculos baratos ni farsantes reciclados.
Rubén Pulido




