El fracaso de Zapatero con ETA marca un Año Nuevo de división

17/03/2026

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LLEGÓ INCLUSO A LA CALLE.


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El último tramo de la legislatura comienza con dos muertos en atentado terrorista y un colapso de la política gubernamental que provocó momentos de tensión en varios puntos de España.

31 de diciembre de 2006. El tenso y contrariado rostro de José Luis Rodríguez Zapatero en la rueda de prensa del sábado lo decía todo: tras salir el Estatut como salió, y costar lo que costó en términos de desgaste político, su segunda gran apuesta de la legislatura yacía bajo los escombros de la terminal T4 de Barajas. Y con ella, dos vidas humanas inocentes, las de los ecuatorianos Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio Sivisapa, que con toda probabilidad se han perdido y rompen la cantinela gubernamental de los «tres años sin matar» por parte de ETA, expuesto reiteradamente casi como un mérito de la organización o una razón para confiar en ella.

La división, en la calle

Zapatero ahondó todavía más el abismo con el Partido Popular y con las víctimas del terrorismo al no declarar rota la negociación con ETA, sino sólo «suspendido» el diálogo con los autores del atentado. Y si esto, con ser grave, no es nuevo, lo que aún es más grave y no se había visto hasta ahora es que las diferencias entre Gobierno y Oposición por el denominado proceso de paz estallasen en la calle.

Las concentraciones de repulsa convocadas en las principales ciudades de España por la Federación Española de Municipios y Provincias fueron escenario de duros intercambios verbales entre quienes reprocharon en ellas al presidente del Gobierno su actitud hacia la banda, y quienes consideraron fuera de lugar referirse a él, y no a la banda, en una manifestación contra el terrorismo.

Del mismo modo, en la mayor de las manifestaciones convocadas, la que congregó a miles de personas en la Puerta del Sol de Madrid en respuesta al llamamiento de la AVT, se profirieron gritos de «¡Zapatero asesino!» que obligaron al presidente de Nuevas Generaciones del PP, Ignacio Uriarte, ha rechazarlos como «intolerables», aunque achacando al Gobierno la responsabilidad en la crispación que el atentado, y la persistencia del Gobierno en no declarar definitivamente rota la negociación, han llevado a la sociedad. También fue abucheado José Blanco en la Plaza de la Villa de Madrid -donde otros manifestantes acusaron de «carroñeros» a los populares- y en la sede socialista de la calle Ferraz se produjeron algunos incidentes, con lanzamiento de huevos contra la misma.

Un escenario, pues, que no ha ido a mayores pero que ha hecho sentir a pie de calle el divorcio absoluto entre los partidos sobre la política antiterrorista. La obsesión de Zapatero por mantener abierta -siquiera sea en un hipotético futuro- la línea de diálogo con ETA, en vez de apostar decididamente por su derrota (de conformidad con el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo que él mismo promovió en 2000) resulta cada vez más incomprensible para millones de españoles.

Máxime con dos probables nuevas víctimas mortales que añadir al sangriento historial de la banda de la que se hizo portavoz, ante la pasividad del Gobierno (fiscalía y fuerzas de seguridad) Arnaldo Otegi.

Motivos todos ellos para una indignación que terminó por estallar en un final de año que ha conmocionado a España entera.

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