Víctor Pradera frente al consenso liberal

06/02/2026

Hay decisiones políticas que, más allá de su coyuntura inmediata, revelan una concepción profunda de la política y de la nación. Cuando el Partido Popular se suma a la dinámica de borrado simbólico de referentes de nuestra historia contemporánea, no actúa desde la neutralidad ni desde el pragmatismo, sino desde la asunción plena del marco ideológico que durante décadas ha impuesto la izquierda cultural, la negación de una tradición política española orgánica, cristiana y nacional.

No estamos ante una cuestión menor ni ante un simple ajuste administrativo. Se trata de un síntoma grave, el de una derecha liberal que ha renunciado a defender su propia genealogía intelectual y moral.

Una ideología liberal que acepta como propios los presupuestos del relativismo histórico, del constructivismo político y de la reinterpretación permanente del pasado, limitándose a gestionar ese legado con un lenguaje más templado, pero con idénticas consecuencias.

Millones de españoles siguen depositando su voto en el PP convencidos de que representa una alternativa real al proyecto disgregador y antinacional de la izquierda. Sin embargo, los hechos muestran que esa supuesta alternativa no es más que una alternancia perfectamente integrada en el mismo consenso ideológico, un consenso que diluye la soberanía, vacía la identidad nacional y pone al servicio del globalismo e internacionalismo político una masa electoral que cree estar votando resistencia cuando en realidad financia continuidad.

La figura y el pensamiento de Víctor Pradera resultan especialmente incómodos en este contexto porque representan exactamente lo contrario de ese consenso. Pradera desarrolló una concepción del Estado y de la nación asentada en la tradición histórica, la comunidad natural y la moral objetiva. Para él, la nación no era una construcción artificial ni un producto de laboratorio ideológico, sino una realidad histórica viva, forjada por generaciones, sacrificios, costumbres e instituciones. El Estado, en su pensamiento, sólo es legítimo cuando se orienta al bien común y reconoce límites morales superiores al poder político.

Pradera entendía la política como una prolongación de la moral social en la vida pública, no como una técnica neutral ni como una herramienta de ingeniería cultural. Su crítica al liberalismo individualista y al estatismo ideológico partía de una misma raíz, ambos rompen el vínculo entre autoridad, responsabilidad y tradición, dejando a la sociedad a merced del poder desnudo o del mercado sin alma.

Que el Partido Popular participe activamente o sin resistencia en la eliminación de referentes ligados a esta tradición intelectual demuestra hasta qué punto ha interiorizado el relato de quienes llevan décadas intentando hacer desaparecer una parte esencial de nuestra historia contemporánea. No hay neutralidad cuando se borra selectivamente, hay alineamiento. Y cuando ese alineamiento coincide con la agenda cultural de la izquierda, el resultado no puede calificarse de otra forma que como renuncia.

Defender la verdad histórica no significa anclarse en el pasado ni negar los errores de nuestra historia, sino preservar los referentes que permiten a una nación reconocerse a sí misma. La España que pensaron Pradera y otros intelectuales de su tradición no era una España cerrada ni excluyente, sino una nación consciente de su identidad, abierta al mundo desde la fortaleza de lo que es, solidaria sin complejos y orgullosa de su papel en la historia universal.

Hoy, la magnitud del deber de defender esa verdad histórica y política es proporcional a la magnitud del abandono institucional. Si quienes se presentan como alternativa aceptan los presupuestos de la disolución nacional, la responsabilidad recae inevitablemente en la sociedad civil, en el pensamiento político crítico y en los medios que no confunden alternancia con continuidad ideológica. Porque sin identidad no hay soberanía, y sin verdad histórica no hay futuro político posible.

Juan Sergio Redondo Pacheco

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