Nos empobrecemos y nos dicen que es un nuevo estilo de vida

09/04/2026

La clase media española se está encogiendo, eso ya lo sabemos, pero lo más inquietante no es ese retroceso, sino la naturalidad con la que se acepta. Desaparece sin estridencias, envuelta en una narrativa de crecimiento económico que convive con una realidad cotidiana cada vez más estrecha. Mientras las cifras oficiales hablan de empleo récord y expansión del PIB, millones de españoles comprueban que su vida material se reduce, que sus expectativas se aplazan y que lo que antes era normal comienza a convertirse en un lujo.

La paradoja es evidente. La economía crece, pero los salarios no alcanzan. Se crea empleo, pero gran parte de ese empleo es precario, temporal o con escasas posibilidades de progreso. Las estadísticas dibujan una macroeconomía dinámica mientras la experiencia diaria deja unos números que no permiten planificar el futuro. La distancia entre la España oficial y la España real se ensancha.

Otros países, algunos también europeos, recorren el camino contrario. Economías que crecen acompañadas de salarios al alza, donde la clase media se ensancha y los jóvenes aspiran a vivir mejor que sus padres. Allí el consumo no se presenta como un problema moral, sino como un síntoma de prosperidad. Viajar, independizarse, formar una familia sin estrecheces o mejorar el nivel de vida no se interpretan como excesos, sino como la consecuencia natural del desarrollo.

En España, sin embargo, se desliza una idea distinta. La renuncia comienza a presentarse como virtud y la limitación se describe como elección. Aparecen expresiones como “vacaciones hogareñas” para ocultar que cerca del 80% de los españoles no pueden permitirse viajar. Se habla de cambios culturales cuando lo que existe es pérdida de poder adquisitivo. Se alaban las virtudes de compartirlo todo. La economía compartida, dicen. Se dice que ahora se prefiere tener libertad para moverse y un estilo de vida más flexible, que el concepto de propiedad parece haber cambiado radicalmente.

Conviene distinguir. La vida sencilla, la frugalidad, la moderación en el consumo o la templanza son virtudes respetables y, durante siglos, han formado parte de nuestra tradición moral. No son incompatibles con el crecimiento económico ni con el progreso social. Una sociedad próspera puede ser sobria, responsable y equilibrada. Pero lo que ahora se propone no es eso, lo que se está normalizando es algo distinto y nos lleva más bien hacia una especie de blanqueamiento de las carencias.

El fenómeno se agrava con un discurso que responsabiliza a los jóvenes. Se les acusa de no ahorrar, de no planificar, de vivir al día. Pero la realidad es más dura. Con salarios que apenas permiten cubrir los gastos básicos, el margen de ahorro es mínimo. Y aun ahorrando durante años, el acceso a la vivienda sigue siendo inalcanzable. El problema no es la falta de disciplina o de metas, sino la desproporción entre ingresos y precios que ahoga los proyectos personales.

Una de las consecuencias es que muchos de los que no aceptan esta nueva realidad se marchan, protagonizando la fuga (silenciada) de talento que vivimos en los últimos años. Miles de jóvenes preparados se mudan a otros países donde el esfuerzo sí se traduce en progreso, donde los salarios permiten ahorrar y donde la estabilidad no es una excepción. Y no lo hacen por aventura, sino por necesidad. Quienes deberían consolidar nuestra clase media encuentran fuera las oportunidades que no encuentran en casa.

El resultado es una sociedad que mantiene la apariencia de estabilidad mientras pierde capacidad de ahorro, gana precariedad, ve proyectos vitales aplazados y expectativas reducidas. Cada elemento, por separado, es asumible, pero juntos, dibujan un cambio estructural.

La clase media no desaparece de golpe. Se desliza lentamente hacia una zona gris donde el consumo se ajusta y las aspiraciones se moderan. Y, mientras tanto, se nos dice que es una elección, que es un nuevo estilo de vida. Pero una sociedad que normaliza vivir peor que sus padres no avanza, sino que retrocede. Y cuando ese retroceso se disfraza de preferencia personal, el empobrecimiento deja de ser un problema colectivo para convertirse en una experiencia silenciosa y silenciada.

Ignacio Temiño

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