La última del pérfido Cándido Conde Pumpido. Leyenda de Gárgoris y Habis
25/02/2026
Estamos asistiendo a una amenaza en directo contra nuestro Estado de Derecho por parte de un “vil hechicero” con nigromancia suficiente para dinamitarlo: Don Cándido Conde Pumpido. Se la cuento ahora mismo.
Pero antes, coincidirán conmigo, que el Estado de Derecho o el gobierno de las leyes sobre el gobierno de los hombres y sus decisiones caprichosas, ha sido el mejor invento de la humanidad para que la civilización fluya, garantizando la libertad individual y el progreso social.
En este sentido, consustancial a las leyendas fundacionales de cualquier gran proyecto nacional se encuentra la consagración de un sistema legislativo cuasi sagrado, partiendo del pueblo hebreo con los Diez Mandamientos de Moisés, pasando por textos más mundanos como las leyes de Sargón de Agadé en el Imperio Acadio, el Código Hammurabi en el Imperio Babilónico, o las Leyes de las XII Tablas del Derecho Romano.
Los españoles, aunque desconocido también tenemos nuestro mito legal en forma de Génesis de nuestro ordenamiento jurídico. Me refiero a la leyenda de Gárgoris y Habis, Reyes del Reino de Tartessos, que aunque suena algo así como la era Hiboria de Conan el Bárbaro, si me aguantan el artículo hasta el final, les prometo dar cuenta. Les gustará.
Pero, antes de ello, quería contarles, una vez más, lo crítico de la cruda realidad que sufrimos. Así, recientemente el Presidente del Tribunal Constitucional, Cándido Conde Pumpido, realizó a propósito de unas jornadas en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales unas declaraciones que no debemos pasar por alto, de lo más apocalíptico para nuestro Estado de Derecho, tal como les adelantaba.
Remarcó el susodicho señor que la Constitución de 1978, y con ella todo nuestro ordenamiento jurídico, son normas vivas que «constituye de forma decisiva a la estabilidad del orden constitucional». A continuación, sentenció que: «Ha demostrado ser capaz de renovarse desde dentro y está abierta a la sociedad a la que sirve». Y se quedó tan ancho. Lo bueno que tiene el Presidente del Tribunal Constitucional es que va sin careta de ningún tipo.
La esencia del Estado de Derecho, como es sabido, implica necesariamente que las normas están para cumplirlas y si no son de nuestro agrado, se cambian por el procedimiento establecido. Así todos sabemos a qué atenernos y la sociedad cabalga a lomos de la seguridad jurídica hacia su progreso social y económico.
Pese a lo anterior, que parece elemental, en la actualidad sufrimos un proceso de degeneración de nuestras instituciones que implica que por el máximo representante del Tribunal Constitucional se sostenga sin rubor:
- Que las normas se adaptarán a la “estabilidad del orden constitucional”, entendiéndose por tal: el Sistema Sanchista.
- Que las mismas se renovarán “desde dentro”, es decir al margen de cualquier mayoría exigible en el Congreso, al que este Gobierno, según dice, literalmente ignora.
- Y finalmente, que las normas se renovarán con objeto de servir a la sociedad, por supuesto identificada con los deseos de nuestro Presidente.
Ya hemos asistido a varios anticipos de la “magia negra” Conde-Pumpidesca. Acuérdense de la ley de Amnistía, de la anulación de la sentencia de los Eres de Andalucía, y tantas otras por 7 a 5 en este triste periodo jurídico.
Pero, dadas las amenazas vertidas, mucho me temo que la cosa puede ir a peor; referéndum independencia de Cataluña, proclamación unilateral de República o suspensión indefinida de elecciones democráticas. Cualquier cosa es posible ya, en un marco jurídico susceptible de reforma “desde dentro” para dar “estabilidad” y atender a la “sociedad”.
Todo esto es aterrador. Vamos a la barbarie más absoluta.
Pero lo prometido es deuda. Les doy cuenta de nuestra leyenda patria sobre la génesis del Estado de derecho. Según literatura de Marco Juniano Justino, a propósito de una serie de reyes que vivieron en «las zonas boscosas de los Tartesios en donde se cuenta que los titanes hicieron la guerra contra los dioses», resulta que Gárgoris, rey déspota y caprichoso donde los haya, violó de manera canallesca a su propia hija.
Fruto de esta monstruosa relación se alumbró un niño, Habis, del que, de esta manera atroz, Gárgoris era al mismo tiempo padre y abuelo.
Por supuesto, la criatura fue repudiada hasta el extremo de quedar abandonada a su suerte y, no obstante, consiguió sobrevivir como solo tienen capacidad los tocados por los dioses, en este caso, amamantado por una cierva, y así creció entre animales al más puro estilo Tarzán, hasta que ya de mayor fue capturado por los soldados de su ascendiente, por llamarle de algún modo.
Y puesto a su disposición, el rey Gárgoris, de inmediato lo reconoció como hijo y nieto tanto por su aspecto físico como por ciertas señales de nacimiento, y llegados a este punto, en un alarde de humanidad, y mostrándose arrepentido de todos los males ocasionados a la familia entera, lo designó como heredero.
Finalmente llegó el día en que el desheredado reinó, fue un gobernante ejemplar y realizó dos grandes aportaciones según el mito; en primer lugar a la ciencia mundial, ya que fue el primero que enseñó a uncir los bueyes al arado y a buscar el alimento en el surco, abriendo a los hombres el camino de dejar sus alimentos salvajes por otros más suaves y apetitosos, comenzando de esta manera la tradición culinaria española y en segundo lugar, dio a los tartesios sus primeras leyes, y por tanto, inaugurando el Estado de Derecho en España.
En fin, despertando en la España del S. XXI, la amenaza es seria. Nos jugamos volver a los tiempos tartésicos en los que valía todo, si no se para los pies a tiempo al nuevo Gárgoris reencarnado de sanchista, tal como nos anuncia su brujo principal señor Cándido Conde Pumpido. Los lobos aúllan. No son tiempos para cobardes o tibios. Con ustedes se cuenta.
Alberto Serrano Patiño.
Ex Concejal del Ayuntamiento de Madrid
Funcionario de Carrera. Letrado.
Docente y escritor.

