16 de agosto de 2018

Seguro que casi nadie que se asome con cierta asiduidad a las publicaciones de DENAES se sorprenderá si afirmo que en general los españoles, particularmente los más jóvenes, desconocen su Historia. Y seguro también que pocos se asombrarán si constato que ésta resulta en muchas ocasiones presa de la maledicencia; víctima de un discurso emponzoñado de Leyenda Negra que deforma enteramente su realidad, ya sea exagerando aquello que pueda dañar la imagen de España, o minimizando u omitiendo cuanto pueda prestigiarla. Sirvan estas líneas de humilde contribución a la ardua tarea de remediar la ignorancia y la impostura. Con ellas me propongo abordar, en dos entregas, uno de los episodios históricos que evidencian la inconmensurable aportación de España, tanto científica como política, al conocimiento y configuración del orbe: la Expedición Malaspina (30 de julio de 1789—21 de septiembre de 1794).

El siglo XVIII trajo consigo el despliegue y consolidación de las llamadas ciencias positivas y la consiguiente ruptura con la idea de una ciencia única que había caracterizado durante siglos el paradigma aristotélico-escolástico. Paulatinamente, la idea de ciencia iría perdiendo el significado unitario que hasta entonces había tenido; ya no había una única y verdadera ciencia, sino distintas ciencias autónomas puestas en marcha, en funcionamiento, aun sin perjuicio de las múltiples intersecciones o relaciones que entre ellas se establecían. Nacía así la acepción moderna de ciencia; una acepción que, con matices, mantiene hoy su vigencia. En España —contra el tópico del atraso científico— el tránsito hacia la Modernidad se había iniciado ya en el siglo XVII con la labor llevada a cabo por los «novatores»; un heterogéneo grupo de librepensadores que incluía médicos, astrónomos, matemáticos, literatos y filósofos sin subordinación cortesana, eclesiástica o universitaria. Entre muchas otras, a este movimiento pertenecieron figuras tan relevantes como Juan de Cabriada, autor de la célebre Carta filosófica, médico-química (1687), Tomás Vicente Tosca, autor del Compendium philosophicum (1721) o Andrés Piquer, autor de la Lógica moderna (1747), una auténtica innovación respecto a la teoría del conocimiento y al estudio metodológico de las ciencias. Manteniendo siempre su carácter civil y reformador, y a través de sus tertulias y numerosas publicaciones, los novatores irían asentando las bases de lo que sería el movimiento ilustrado español del dieciocho.

Esa falta de homogeneidad de los novatores se trasladó en buena medida a la Ilustración española, un movimiento fragmentado y a veces divergente en el que sobresalieron personajes tan eminentes como Feijoo, Jovellanos, Celestino Mutis, Pablo de Olavide, Gregorio Mayans, José Cadalso, Jorge Juan o Antonio José Cavanilles, por poner sólo algunos ejemplos representativos. En suma, una extensa nómina de figuras que se enfrentaron a un contexto cultural y a unas circunstancias muy poco favorables, empeñadas en difundir los nuevos conocimientos de sus respectivas disciplinas y conscientes de la necesidad y urgencia de profundas reformas para España. Inmersos en esta atmósfera, en septiembre del año 1788 dos capitanes de fragata de la Real Armada española, el italiano Alejandro Malaspina y el montañés José de Bustamante y Guerra, enviaron desde la isla de León (Cádiz) una carta al Ministro de Marina, Antonio Valdés, proponiéndole llevar a cabo una gran expedición de carácter político-científico a lo largo de todas las posesiones del imperio español. Poco antes de su muerte, el monarca Carlos III autorizó la expedición. En la misiva de ambos marinos al Ministro se exponían claramente las motivaciones de tan colosal proyecto: «Desde veinte años a esta parte, las dos naciones inglesa y francesa, con una noble emulación, han emprendido estos viajes en los cuales la navegación, la Geografía y la Humanidad misma han hecho muy rápidos progresos; la historia de la sociedad se ha cimentado sobre investigaciones más generales; se ha enriquecido la Historia Natural con un número casi infinito de descubrimientos». En coherencia con los principios que en cierto modo orientan el movimiento ilustrado español, el escrito planteaba también otros objetivos más concretos para la expedición: «en esta parte, que puede llamarse la parte científica, se hará con mucho acierto siguiendo las trazas de los señores Cook y La Pérouse. Pero un viaje hecho por navegantes españoles debe precisamente implicar otros objetivos: el uno es la construcción de cartas de las regiones más remotas de América y el establecimiento de los derroteros que puedan guiar con acierto la poca experta navegación comercial; y la otra es la investigación del estado político de América, así relativamente a España como a las naciones extranjeras…». Confluían, pues, los propósitos científicos con los objetivos políticos. Tal confluencia exigió la participación de un nutrido elenco de especialistas, entre los que conviene destacar a los mejores geógrafos, hidrógrafos, cartógrafos y astrónomos de la Armada, como Felipe Bauzá, Juan Gutiérrez de la Concha o José Espinosa y Tello; a naturalistas como Antonio Pineda o Tadeo Haenke; a dibujantes y pintores como Tomás de Suría, José del Pozo, José Guío o Fernando Brambila; y a botánicos como Luis Née, así como a oficiales de meritoria trayectoria militar y científica, como Alcalá Galiano, que ya había participado en la Expedición al estrecho de Magallanes (1783-1788). Todos ellos visitarían los principales territorios españoles en América, Asia y Oceanía, haciendo levantamientos cartográficos y mediciones hidrográficas, realizando observaciones astronómicas, estudiando la etnografía, la fauna y la flora de cada región, elaborando informes sobre el tráfico portuario y comercial, y analizando las costumbres sociales, la economía y la administración política de sus ciudades y pueblos. Mientras Bustamante se ocupaba principalmente de los aspectos más prácticos de la expedición, como el enrolamiento, la provisión de víveres y el adecuado acondicionamiento de las dos corbetas diseñadas y construidas especialmente para esta expedición —bautizadas Atrevida y Descubierta en honor a los navíos Resolution y Discovery del capitán James Cook—, Malaspina fue haciendo acopio de los mejores instrumentos científicos del momento y manteniendo correspondencia con personalidades científicas de primer orden, como el experto botánico Casimiro Ortega, el astrónomo José de Mendoza, el protomédico de la Real Armada Josef Salvareza, el embajador español en París, conde de Fernán Núñez, el presidente de la Royal Society Joseph Banks, el insigne marino Antonio de Ulloa (compañero de Jorge Juan), o los responsables de las Academias Científicas de Turín y Módena. Prueba inequívoca del calado científico y de la trascendencia internacional que la Expedición había alcanzado, aun sin haber salido de puerto. En apenas unos meses se habían ultimado todos los preparativos de la que sería la expedición española más ambiciosa del siglo XVIII, y Cádiz se preparaba ya para ver zarpar a los doscientos cuatro hombres que durante un lustro navegarían por todas las posesiones españolas de ultramar, en lo que resultaría la más completa empresa al servicio del conocimiento: el «Viaje científico y político alrededor del mundo».

Francisco Javier Fernández Curtiella. Doctor en Filosofía.

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