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Pablo Iglesias II el Antiespañol

Martes 15 de mayo de 2018, por DENAES

Para Turrión, como buen maniqueo e izquierdista fundamentalista, el nacionalismo español es «por definición de derechas». Y por ello dice cosas como: «me revienta el nacionalismo español (mucho más que el vasco o el catalán, qué le voy a hacer)». También afirma que no se siente orgulloso de ser español: «yo preferiría sentirme orgulloso de algo un poco más meritorio». Da igual que esto lo dijese hace 10 años, ya que él sigue pensando más o menos igual; y por sus frutos lo conocemos. (Véase La selección de baloncesto y la lucha de clases).

Hace un lustro, el 27 de enero de 2013, llegaría a decir en la televisión iraní HispanTV, en su programa Fort Apache: «El acontecimiento fundacional de la democracia moderna es la Revolución Francesa, que inauguró las bases ideológicas de la modernidad que todos los demócratas compartimos: libertad, fraternidad y, por supuesto, igualdad. ¿Y saben cuál es el acto que simboliza esa proclamación histórica de la democracia? Cuando a un rey, Luis XVI, le cortan la cabeza con una guillotina… El bueno de Jean Paul Marat llamó a la máquina «Louision», Luisito, en honor a Luis XVI. ¡Cuántos horrores nos habríamos evitado los españoles de haber contado a tiempo con los instrumentos de la justicia democrática! Y es que, como dijo Robespierre, castigar a los opresores es clemencia; perdonarlos, es barbarie. Qué actual, la reflexión de ese gran revolucionario». (Véase La guillotina es la madre de la democracia).

Tal vez los horrores que nos habríamos evitado son los horrores del separatismo, pues uno de los efectos de la guillotina fue eliminar los patois, que dividían a los franceses; y así la guillotina hizo posible la formación del francés como lengua nacional. Pero Turrión está por la labor de defender a los «patois» de nuestra patria y, ni corto ni perezoso, afirma que éstos «necesitan de tanta o más protección que el castellano».

En diciembre de 2015 llegaría a decir: «Yo no puedo decir “España”… Yo no puedo utilizar la bandera rojigualda. Yo puedo tensar y decir: “yo soy patriota de la democracia y por eso estoy a favor del derecho a decidir”». (Véase Pablo Iglesias: no puedo decir España).

En la actualidad, el 4 de mayo de 2018, como no podía ser de otro modo, Podemos se sumó, junto a Bildu y el PNV, a arropar a ETA en una declaración tan solemne como vergonzosa en el palacio de Arnaga, en Cambo les Bains (sur de Francia, lo que no es casualidad). En Arnaga se guardó un minuto de silencio por «las víctimas del conflicto», es decir, no en homenaje a los asesinados por la banda por el mero hecho de ser españoles. Porque el acto no estaba pensado para honrar a las víctimas del terrorismo procedimental etarra sino para pedir el acercamiento de los etarras presos a las cárceles del País Vasco y su subsiguiente liberación. Y todo indica a que cuentan con la colaboración del «Estado español», como viene siendo tradicional. Parafraseando a Robespierre, ya que está de tanta actualidad: castigar a los etarras es clemencia; perdonarlos, es barbarie.

Pero perdonar a los etarras y colaborar con los separatistas es coherente con la inquina hacia España que siente el líder podemita, al que le revienta el «nacionalismo español» mucho más que el vasco o el catalán: «qué le voy a hacer»; ya que él no quiere ser español sino algo «un poco más meritorio» (tal vez quiera ser «vasco» o «catalán» o «ciudadano del mundo» o, ya puesto, «patriota de la democracia», que es tanto como decir «patriota de la estratosfera»). Junto a Turrión, bilduetarras, peneuvetarras y podemitarras pueden decir: «Yo no puedo decir “España”». Tal vez otros que están en «Madrit» tampoco se sientan cómodos pronunciando su nombre.

Este es Turrión: un español acomplejado (como tantos y tantos); un cretino solidario con los separatistas en contra de la unidad e identidad de España, esto es, en contra de la igualdad de los españoles ante la ley (en contra, por cierto, de uno de los principios de esa Gran Revolución que tanto dice admirar); porque si una parte decide por el todo, eso quiere decir que los demás españoles no tendríamos derecho a decidir lo que sea o deje de ser España. Un demócrata fundamentalista impregnado de hispanofobia y leyenda negra. Un patriota de la democracia o, lo que es lo mismo, un partidario del patriotismo constitucional, que es el último refugio de los canallas. Y por eso «el Separador» y «el Impostor» es meritorio de ganarse también el título de Pablo Iglesias II el Antiespañol.

Daniel Miguel López Rodríguez. Doctor en filosofía