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Junio 2017 – miércoles 28

El secesionismo catalán y la espiral de la provocación

Texto para el Observatorio de la Nación

En sus orígenes -septiembre de 2012-, el desafío impulsado por el secesionismo catalán parecía una estrategia para negociar con el Estado -negociar, ¿qué? - en condiciones ventajosas.

Miércoles 28 de junio de 2017, por DENAES

Cinco años después (pese a la "pedagogía" de Carlos Puigdemont en el Auditorio de Caja de Música del Ayuntamiento de Madrid y la inaceptable propuesta de negociación de una suerte de Pacto de Estado-trampa que abriría el camino de la independencia de Cataluña), hay indicios para pensar que el nacionalismo busca -lo ha buscado siempre- la imposición por la vía de los hechos consumados.

En Madrid, la cara amable y el diálogo; en Barcelona, la redacción, sin luz ni taquígrafos, en secreto, a espaldas del Parlamento, a la manera de un golpe o un autogolpe, de una Ley de Transitoriedad Jurídica para proclamar e instaurar la República Catalana. ¿Primero la llamada ley de desconexión y luego el referéndum pro desconexión? Se les ve a la legua. El detalle: incluso en Madrid, el pedagógico y dialogante Carlos Puigdemont afirma que "el Estado español no dispone de tanto poder para impedir tanta democracia". ¿De qué habla? "Del futuro Estado catalán", apostilló Carlos Puigdemont en el Palacio de Cibeles.

El secesionismo catalán, del desafío a la desobediencia, y no sabemos si a la insurgencia, continúa instalado en una espiral de la provocación que explica las movilizaciones, los "procesos participativos", las elecciones "plebiscitarias", la reforma exprés del reglamento del Parlamento, la recogida de firmas pro referéndum, la licitación de un contrato de compra de urnas o los viajes al exterior en busca de un apoyo que, por cierto, no encuentra.

En este sentido, la conferencia de Madrid responde a la espiral de la provocación nacionalista. Un doble objetivo: publicitar la imagen "dialogante" del nacionalismo catalán en contraposición a la imagen "no dialogante" del Estado; y trasladar la responsabilidad del "conflicto" al Estado, retándole a dar respuesta a su oferta de "diálogo". Pero, la conferencia, bajo la apariencia del diálogo, esconde un ultimátum. ¿Cómo dialogar con quien continúa con la idea de "o referéndum o referéndum" y amenaza con el referéndum unilateral, porque -populismo de baja estofa- "el compromiso del Gobierno de Cataluña con su pueblo es inviolable"? ¿Cómo dialogar con quien solo acepta negociar, sin "maniobras de dilación", ni "condiciones ni límites", el referéndum? ¿Cómo dialogar con quien sostiene que trasladar la cuestión al Congreso es una "coartada"? Y tienen el descaro de afirmar que ellos, precisamente ellos, son -en palabras de la consejera de Gobernación de la Generalidad de Cataluña- los demócratas frente a la "urnofobia" del Estado.

Más allá de lo señalado, la propuesta de Carlos Puigdemont busca algo más. En primer lugar, una relación bilateral de igual a igual entre España y Cataluña, como si de dos Estados se tratara, que otorgue soberanía de facto y de iure a Cataluña. En segundo lugar, si tenemos en cuenta que Carlos Puigdemont exige que los parlamentos español y catalán convaliden el pacto propuesto, persigue un choque de soberanías y legitimidades entre el Congreso de los Diputados y el Parlamento de Cataluña con el objetivo de obtener réditos políticos, ideológicos y simbólicos. En definitiva, una propuesta-trampa en pro de la independencia de Cataluña.

Una propuesta-trampa que, por así decirlo, tiene su propina en clave interna catalana: permite que el "proceso" -el independentismo más radical exige fecha y pregunta para el referéndum: quizá ahí esté la próxima provocación- recobre la credibilidad perdida por tanta dilación; insufla oxígeno al "proceso", recalienta el ambiente independentista e ilusiona, cohesiona y moviliza al militante con un nuevo horizonte y dosis de épica. Y si el Estado responde negativamente a la propuesta-trampa, el secesionismo se victimizará e intentará sacar tajada de ello.

La pregunta. ¿Y ahora qué? La espiral de la provocación ha conducido al secesionismo catalán a una encrucijada: o dilatar el referéndum con la excusa de un dictamen favorable de la Comisión de Venecia que no llegará, o demorar el "proceso" -una excusa para ganar tiempo- hasta aclarar en que se traduce la España "plurinacional" o la "nación de naciones" de Pedro Sánchez y buscar un pacto con el PSOE, o diseñar una nueva hoja de ruta y una nueva promesa -otra excusa- que amortigüe la frustración de los nacionalistas, o elecciones autonómicas avanzadas con rectificación o sin ella de la hoja de ruta del "proceso" para acumular nuevas fuerzas, o convocatoria de un referéndum unilateral ilegal que implicará el choque -pactado, confía el nacionalismo catalán: ¿a cambio de qué?- entre el Estado y la Generalitat. En la huida hacia delante del nacionalismo catalán, no se descarta una declaración -incluso, una proclamación- unilateral de independencia, sin ningún tipo de consecuencia jurídica, con el objetivo de salvaguardar su imagen ante la militancia independentista, victimizarse todavía más ante la reacción del Estado, y facilitar la movilización del "pueblo" -sigue la deslealtad y la irresponsabilidad- en beneficio de la causa.

En cualquier caso, el secesionismo catalán -fuera de la legalidad nacional e internacional y sin la masa crítica suficiente para seguir con la ficción de la independencia- acabará siendo, más pronto que tarde, víctima de la espiral de la provocación -"provoco, luego existo"-, que, hasta ahora, le ha permitido sobrevivir.