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El pseudohistoriador Próspero de Bofarull, prototipo de sedicioso decimonónico

Próspero de Bofarull y Mascaró, director del Archivo de la Corona de Aragón en el siglo XIX, decidió hacia 1847 reescribir el Libro del Repartimiento del Reino de Valencia de la Edad Media, con el objetivo de engrandecer y magnificar el papel que tuvieron los catalanes en la conquista del Reino de Valencia de 1238

Lunes 25 de julio de 2016, por DENAES

Próspero de Bofarull

En estas líneas hemos dado cuenta en repetidas ocasiones de las manipulaciones más que burdas, delirantes, de los pseudohistoriadores separatistas a la hora no ya de reescribir la Historia de Cataluña, sino incluso de manipular, hasta convertirla en una parodia digna de ser incluida en los programas televisivos de humor absurdo, la Historia de España, para negarle cualquier tipo de grandeza o de influencia en la Historia Universal, que habrá sin embargo que situar en las filas de la culta y oprimida nación catalana.

Pese a que conocemos instituciones del delirio separatista que más que indignar provocan verdaderas risas por sus burdas manipulaciones, como el famoso Instituto Nueva Historia, sin duda el origen de estas tergiversaciones hay que ponerlo en el pseudohistoriador barcelonés Próspero de Bofarull y Mascaró (1777-1859), director del Archivo de la Corona de Aragón, que decidió, hacia 1847, nada menos que reescribir el Libro del Repartimiento del Reino de Valencia, con el objetivo nada santo de engrandecer y magnificar el papel que tuvieron los catalanes en la conquista del reino de Valencia de 1238.

El señor Bofarull usó una técnica muy propia de quienes se dedicaron a omitir y exagerar, o a directamente manipular los documentos para propagar la Leyenda Negra antiespañola: en su edición facsimilar del histórico volumen literalmente amputó del texto numerosos apellidos aragoneses, navarros y castellanos, para así darle más importancia numérica a los catalanes. Pretendían además cimentar así otra mentira no menos burda: la preeminencia de la lengua catalana sobre el valenciano, suponiendo así que el valenciano sería en realidad un dialecto del catalán. Idea nada inocente ni ingenua, puesto que de esta manera quedaría justificado el imperialismo catalán que fantasea con el delirio de unos Países Catalanes donde se hablaría la lengua catalana como lengua «nacional». Fue precisamente la filóloga María Teresa Puerto, alumna de Ubieto y autora de Cronología histórica de la Lengua valenciana (2007), la que descubrió la manipulación.

Un suceso de por sí lamentable, pero mucho más tratándose del sujeto que tenía que garantizar la integridad del archivo, y que no fue para nada algo aislado: constituyó como decimos el comienzo de una cadena de falsificaciones que pronto alimentaría la semilla del separatismo catalán que ha llegado hasta nuestros días. Tras la adulteración histórica de Próspero de Bofarull, llegó la desaparición del testamento de Jaime I el Conquistador, que establecía los límites de los reinos de Aragón, Valencia y Mallorca y del Condado de Barcelona. Pese a que su sustracción, se conoce parte de su contenido gracias al historiador Jerónimo Zurita y su obra Anales de la Corona de Aragón (1562 -1580), donde no queda duda que Jaime I en ningún momento tuvo el más mínimo interés en el documento fechado en 1262 otorgar a Cataluña otra consideración que no fuera la de condado feudal. De hecho, el el condado de Barcelona siguió unido al reino de Aragón en la figura de Pedro II, hijo de Jaime I, y rey de Aragón y conde de Barcelona.

Incluso antes de la tergiversación de Bofarull, Juan Gaspar Roig (1624-1691), escribió el Libro de los Hechos de Armas de Cataluña, que muchos consideraban una joya de la literatura medieval en catalán, un incunable fechado en 1420 y obra de Bernardo Boadas, y resultó ser ni más ni menos que una falsificación. Claro que para ello fue necesario que en 1948 el medievalista y lingüista Miguel Coll y Alentorn descubriera la engañifa.

Asimismo, el filólogo e historiador Antonio Ubieto denunció en la década de 1980 las falsedades de Próspero de Bofarull. Semejante hallazgo, que pasó totalmente desapercibido gracias a la censura inherente a las sectas sediciosas que ya controlaban Cataluña a su antojo y comenzaban su proceso de «construcción nacional» de cara a su «desconexión» de la Nación Española, supuso sin embargo el comienzo de una pesadilla para Ubieto y su familia, principalmente de compañeros suyos de gremios separatistas convencidos.

Y es que poco importa que las falsedades del separatismo catalán o el vasco carezcan de la más mínima base histórica: ya se logrará, mediante la repetición de falsedades y manipulaciones, aglutinar a un buen número de correligionarios inmunes a la crítica, ávidos de encontrar un lugar en la nueva estructura que va formándose a base de parasitar una parte de la Nación Española que se va pudriendo poco a poco, en manos de semejantes sediciosos. Así, a Bofarull le sucedió su hijo, Manuel Bofarull y Sartorio (1816-1892), que heredó su cargo de archivero, su sobrino Antonio Bofarull y Broca (1821-1892), autor del libro no menos disparatado de 1872, Confederación catalano-aragonesa; ente que no existía, ni como confederación ni como corona Catalano-Aragonesa. Ninguna de las uniones dinásticas entre la Casa de Aragón y los Condes de Barcelona fundó semejante confederación o reino unido de un condado que nunca fue reino como tal.

Sustracción de documentos y testamentos de monarcas, reinvención y manipulación de los existentes, ejercicios de «historia presentista» que se mantienen hasta nuestros días, como convertir la bandera cuatribarrada, la señera, en la bandera de su fabulada patria catalana. Patria que, como decimos, no tenía ni bandera, puesto que la señera cuatribarrada, que es original de la Corona de Aragón, en tiempos de Jaime I el Conquistador, no era ni bandera, sino un emblema medieval de la casa de la Corona de Aragón, otorgado por el Papa a sus vasallos: cuatro barras doradas sobre fondo rojo. Ni siquiera la leyenda de Wifredo el Velloso, la que indica que las barras rojas se habrían dibujado en su escudo con su sangre, subsiste aún sin crítica: el medievalista catalán Martín de Riquer la refutó considerándola un mito sin base alguna.

Desde la Fundación Denaes traemos a nuestros lectores este editorial, con el que pretendemos ilustrar sobre las manipulaciones que están a la base del separatismo catalán. Dudamos que refutar falsedades sobre bases documentales sirva para convencer a quien niega los hechos, pero al menos que quede constancia de las tergiversaciones que son el precedente de los actuales pseudohistoriadores mercenarios al servicio del separatismo, como el archivero decimonónico Próspero de Bofarull.

Fundación Denaes, para la Defensa de la Nación Española.